miércoles, 25 de junio de 2014

Después de todo.


No quise abrir los ojos, sólo me incorporé y ajusté el cinturón de seguridad en cuanto escuche el timbre que anuncia el descenso. Supongo que los pasajeros pensaban que seguía dormido aún después del aterrizaje impetuoso; la verdad es que preferí asumirme así y esperar a que se desalojara el avión.
Por fin atravesé el largo pasillo, caminé por el frío e indiferente interior del aeropuerto. Igual que a mí, las salas de espera les da lo mismo quien esté ahí con su destino y sus intenciones. A veces me siento mejor en los no lugares y con las no personas; es más cómodo no ser nadie y siempre despedir que esperar que lleguen.

Evadí las bandas donde se entrega el equipaje, no me gusta viajar pesado o mejor dicho no nos debería gustar viajar pesado. Quería seguir derecho pero no pude evitar pasar al baño.
Por fin salí del aeropuerto y hasta ese momento sentí que había aterrizado.

Quise distraerme viendo la calle y la gente pasar, todo era muy rápido, los taxis, las camionetas, las maletas y los gritos nerviosos de los que van tarde. Moría por fumarme un cigarro pero preferí definitivamente desaparecer de aquel escenario.

Irónicamente el camino era ir en sentido contrario de las personas que llegaban a pie, seguro ese camino de personas me iba a llevar a la forma de salir de ahí. Efectivamente, el camino de gente que venía me llevo al metro Terminal Aérea.

Es raro que una estación del metro se llame Terminal Aérea, tenga un icono de un avión en tierra esperando salir y aun así los usuarios de la estación no sean viajeros. Uno que otro resalta entre la multitud porque arrastra una maleta pero en realidad es un lugar sin fuerza, sin ningún uso como hito.
Sinceramente no recuerdo mucho el trayecto dentro del vagón. Mucha gente, ruido, vendedores poniéndote una bocina en alto en la cara y una cantidad de conversaciones al aire. Me parece divertido escuchar algunas conversaciones, no por el afán de ser juez pero si para ayudarme a recordar que no soy el único que le retumba la cabeza, pero al parecer creo que si el único que se lo guarda y después lo recuerda.
-Conste que esto va a terminar en tragedia-. Eso fue lo primero que me dijo al verme bajar del vagón del metro. César, mi gran amigo de innumerables farras, escudero de mezcal y caminante deambulante.  En verdad no sé si me lo dijo con intensión de animarme o de deslindarse.

Todavía recuerdo el semblante que puso cuando le entregué la maleta. En ese momento no necesitaba un cómplice sino un confidente. Estaba un poco aterrado por la forma que había decidido ejecutar mi plan. ¿Cuál plan?. En realidad no tenía claro que es lo que iba hacer, bueno, si seguir mis impulsos era creer que tenía un plan pues efectivamente, lo tenía todo muy claro.
Le entregue la maleta, nos abrazamos y le dije: -te mando mensaje en cuanto lo haya hecho.-
Me di la media vuelta y desaparecí entre la gente.

Salí de la estación del metro para tomar un taxi que me llevara a cualquier hotel. Un lugar bastante decente sobre Insurgentes; uno de tantos hoteles que son express.

Los pasillos callados e iluminados del hotel me parecían perfectos, lo último que necesitaba era calidez; las puertas esmeriladas, la luz indirecta y los materiales industrializados me ignoraban, ni me volteaban a ver y justo me sentí en el lugar idóneo. Entré a la habitación, sin pensar otra cosa me desnude y me metí al baño para una ducha rápida, en cuanto estuve vestido salí del hotel para tomar el metro de nuevo, volver a moverme, a no quedarme.
En cuanto se abrieron las puertas salí corriendo del vagón, corrí por el andén como ningún otro pasajero, iba esquivando a los transeúntes durante todo el recorrido a la salida; si hubiera sido más rápido definitivamente hubiera brincado el torniquete en lugar de pasar por él como es debido. Sin dudarlo subí las escaleras inmensas, en ese momento preferí sentir las piernas como cristal quebrandose que esperar un minuto en la escalera automática, llegué a la salida de la estación y solo sentía por fin el aire fresco del exterior, soplaba el viento y faltaba poco para que empezara a oscurecer, me faltaba día y no podía desperdiciar minutos valiosos así que corrí en cuanto supe hacía donde había que correr, en realidad fueron pocas las calles que soporté corriendo con el mismo impetu con el que inicié, después las piernas de cristal se cobraban poco a poco mi mala condición física así que bajé la velocidad hasta terminar caminando, casi prendo un cigarro de lo agotado que iba ya.

Faltaban un par de cuadras para llegar cuando encendí un cigarro, aunque seguía bastante agitado disfruté muchísimo ese cigarro, porque uno puede no respirar bien pero dejar de fumar es como quitarse los zapatos. Llegué a la esquina y para entonces no sabía si seguir caminando o regresar corriendo como llegué, mareado y con ganas de vomitar por carrera y el cigarro juntos, al final no fue tan buena idea ese cigarro.
Como torero frente al animal, me planté mirando la puerta del edificio, ese edificio que desde el primer momento que lo vi me enamoré de él. Un edificio viejo pero en excelentes condiciones, quizá de los años 50, grandes ventanas y una cornisa curva que se metía a la banqueta para la época de lluvias, los detalles del chaflán y los balcones arremetidos forrados de ladrillos capuchinos, ansiaba volver vivir ese maravilloso balcón que daba a los árboles del camellón y se podía disfrutar una cerveza fría y fumar entre ramas y hojas los sábados por la tarde,  las plantas que colgaban desde ahí, el granito de  la entrada y la lámpara vieja como la misma conserje mal humorada pero hermosa, con un encanto que no pretende, que es inherente a sí misma. No pude evitar sonreír al ver el edificio de nuevo, era como decirle, "sigues aquí".

Sin pensarlo saqué las llaves y entré al edificio, estaba oscureciendo, faltaban minutos para meterse el sol,  en un instante ya estaba en el tercer piso, esas escaleras me parecían únicas, parecía que no las subías sino que las deslizabas, eran hermosas hasta detalle del barandal, viejas, robustas, de granito un poco percudido pero hermosas; aunque la verdad es que no podía evitar sentir un hueco en el estómago con cada escalón que subía, era como si cada paso hacia adelante me retumbaba en el corazón y el estómago me lo decía. Todavía no sabía lo que estaba haciendo pero sí sabía que lo tenía que  hacer.

De frente a la puerta de ese departamento, saqué la llave entre suave y despacio como si fuera un ladrón, estaba temblando, tenía la boca seca, las manos frías y la espalda tensa, seguí dando pasos y miré la ventana que tenía el balcón. ¡Por Dios! la luz de la puesta del sol entraba casi horizontal, iluminaba hasta el pasillo que daba hacia las recamaras, me petrifiqué, era como detener el universo por un instante.  Recuerdo el calor que sentía, el sudor escurriendo de mis manos, mi espalda tensa y la boca seca. Sólo tenía que hacerlo y salir de ahí, no debía distraerme ni mucho menos detenerme; seguí avanzando por el comedor hasta llegar al sillón y automáticamente me conecte al lugar, como si tan sólo de tocar el sillón me atravesara una corriente eléctrica que llegará al cerebro y despertara los recuerdos.
 De pronto el balcón y la ventana me seducían, me hipnotizo la luz atravesando las cortinas llenas de polvo, se alcanzaban a ver las flores secas  abandonadas en el balcón y aun así seguía siendo precioso;  no tengo claro cuanto tiempo pasé contemplando el claroscuro, fue un segundo o la mitad de un sueño. Pase al baño y como un ciego empecé a reconocer los objetos, el mosaico veneciano y lo abandonado del lugar con ese par cepillos de dientes tiesos, todavía había ropa en el piso, era obvio que desde que salimos esa mañana nadie volvió a atravesar la puerta. Todo estaba exactamente como se quedó desde aquella tarde cuando pasó todo.
Tome una toalla limpia, la apreté con las manos aunque más bien creo que me estaba aferrando a ella, seguía avanzando sin hacer ruido, pareciera como si no quisiera despertar a los objetos inertes. Pase a la habitación y ahí seguía toda la escena de aquel día, las pantuflas encima del sillón como tantas veces las dejaba, estaba también la cama destendida, las almohadas como alfombra del otro lado de la cama y esa pinche taza de café sobre el Buró, tanto que me cagaban las tazas en el dormitorio.

No quería tocar nada de ahí, de ese templo abandonado donde hubo peleas infinitas y batallas cuerpo a cuerpo bajo sábanas que hoy están en el piso,  las paredes enyesadas y el apagador negro que compramos en un mercado de pulgas en el centro y que me cagaba como se veía en las mañanas frías, esa lámpara blanca que me había regalado un día inesperado y era la que dejábamos encendida para vernos desnudos mientras su boca recorría mi pecho y mis manos acariciaban su espalda, nos gustaba mirarnos completos y juntos,  éramos perfectos juntos; lástima que nos fuimos haciendo a un lado cada quien.  Camine por la habitación contemplando todo como sí fuera un museo aunque yo la sentía mas como  la escena de un crimen; la verdad es que por primera vez en mucho tiempo me sentía cómodo entre tanto desorden que a diferencia de  el último año yo estaba lejos de mi desmadre, lejos de ella y de ese departamento.
 Sentado en la cama mirando hacia la puerta abierta de la recamara alcanzaba a ver como la luz se iba apagando conforme se metía el sol y así, de pronto, ya era de noche y yo solo sentía todo lo que estaba enterrando en ese momento, por fin sentía como dejaba caer todo lo que por mucho tiempo había querido mantener en mis manos, me sentí rendido pero no perdido; no podía moverme ni dejar de llorar, los recuerdos me ametrallaban, el color de las paredes me atacaban, el olor de su ropa me asfixiaba; me estaba muriendo en las manos de esos asesinos adorables y hermosos, mis recuerdos.
Ya estaba pasando la tarde y me tuve que apresurar para que no salir tan noche así que me limpié las lágrimas, tomé varias bolsas vacías de basura y empecé meter todas sus cosas. No tuve la delicadeza de doblar ninguna prenda, al contrario, las metía a la bolsa con enojo y coraje; las fotografías de los dos en mil pedacitos y algunas con todo y marcos se fueron a la basura, puse música y encendí todas las luces para exorcizarla de ahí. Mientras desaparecía su rastro de ese lugar seguí llorando y riendo, agradeciendo y maldiciendo, le grité “puta” a varios de sus retratos, la maldije, le reclamé y después la desaparecí. Bajé la 6 bolsas negras enormes de basura a los contenedores del edificio, regresé, puse sábanas limpias, abrí un poco la ventana para que entrara el aire después de todo un año encerrado.  Todavía recuerdo el día que salí de ahí con el deseo de jamás volver, con una maleta y algunas cosas. Un mes en casa de mis amigos, un mes en un hotel y los siguientes 11 meses de viaje.
Apagué todas las luces, cerré el departamento y salí del edificio para encender otro cigarro y fumarlo como si fuera agua en el desierto.  No podía dejar de sonreír y por fin envié el mensaje de “está hecho, ya voy para allá”. Tomé un taxi y me dirigí al centro de la ciudad.
Entré a un restaurante bastante acogedor, buena música en una terraza, muchas mesas y gente divirtiéndose, me acerqué a una mesa grande donde habían caras conocidas y ahí estaba ella, la que conocí en la playa hace 6 meses, la que surgió de una noche excesos y se convirtió en mi amuleto;  después de esa noche en la playa nos volvimos a encontrar un mes después en el aeropuerto de Monterrey, ella iba llegando y yo la estaba esperando.
Ella, la que se levantó de la mesa, se acercó y me dijo: “tus ojos están hinchados, lloraste mucho” y me besó para comenzar de nuevo.