La verdad es que no estaba seguro si estabas pero no me cansaba de buscarte aunque parecía que solamente buscaba en donde seguro no estarías.
Fue en un camino de tierra mojada entre charcos y hierva a un lado de este sendero, con las nubes en el horizonte cuando me di cuenta que estaba en medio de la serenidad del silencio, en el fresco de la tarde y con las puntas de los dedos rosando la mojada vegetación. En medio de la serenidad, por fin, te empecé a encontrar.
No estabas en las peticiones de mis oraciones sino en la fe con la que las decía, en la esperanza de cada noche, en cada planta que riego y que le canto como yo te vi cantarles, en la forma de regañar al gato convencido de que me entiende como Butch te entendía. Supe que siempre has estado cuando veo la cara de mis hermanos y siento el profundo abrazo de mi papá, también te encuentro en la forma de encabronarme por tonterías, también ahí. En mi nerviosismo inocuo y en la vida por a la que te aferraste hasta el último momento antes de pedirme que te dejara ir. En las tazas de té que me preparo y me tomo sentado en la mesa mientras te sigo platicando de mi vida porque no quiero que no sepas de este hijo tuyo con sus planes y locuras. En la risa que se me escapa al recordarte riendo de mis chistes y en las lágrimas que no dejan de salir mientras te escribo esto. Ahí estás tú. En las canciones que canto como si cada una fueran un grito de guerra y cada vez que bailo como si fuera la última vez.
Me niego a dejarte ir, al contrario, te mantengo conmigo en cada atardecer que tiene mi asombro, en cada grano de arena que frota mis pies en la playa, en cada risa sincera y en este corazón al que le enseñaste a vivir. En las plantas que me encargaste y aquel árbol de durazno que hoy llevo en mi piel como estandarte de nuestra tempestad que defiende la vida porque del único lugar donde jamás te vas a ir es de mi corazón. Eso te lo juro.
