miércoles, 17 de septiembre de 2014

¡Sí hay, sí hay!, ¡pásele güerita!. MERCADO ROMA



Generalmente estoy en una constante búsqueda de asombro por ciudad, es como buscar la autocomplacencia a través del lugar donde vivo.  Nace desde mi apego a esta urbe y de algunas de sus condiciones que la hacen todavía habitable; esta ciudad  me dosifica continuamente pequeñas cantidades de asombro y esto evita que mi neurosis detone por el caos que también es en conjunto esta ciudad, un paliativo reconfortante sin que se convierta en atole con el dedo.
                                                
Caminando  por las calles, casi deambulando en búsqueda de estímulos ambientales que se puedan combinar con sabores de salsa roja y texturas con queso; quizá alguna banca arrumbada en un parque pero con el encanto inherente de una  buena nieve de limón o el sabor de una cerveza dulce mezclada con buena música para rescatar un local perdido en el centro de la ciudad.  Todo esto para no odiar el caos y las confrontaciones diarias de la megalópolis.

Lo anterior libre de pretensiones y con un poco de singularidad y originalidad me tienen conformado.

Así, de pronto un día llegué al Mercado Roma, después de una mañana relajada y un desayuno sabatino común decidí  ir al tan mencionado y nuevo “hot spot” de la zona Roma – Condesa.

La verdad es que todavía sigo con un sabor agridulce por no decir confundido. De principio, no creo estar fuera de lugar al decir que el Mercado Roma se ha convertido, si es que no nació, en algo que los urbanistas llaman “subcentro urbano”, un espacio que tiene una alta densidad de población (flotante en este caso) y que sobre todo, es capaz de ejercer una influencia sobre su entorno modificando  el valor de su alrededor con  el impacto que tiene la intensidad de uso. Es decir,  va de nuevo: ejerce per se una influencia a su alrededor por la cantidad de gente que lo visita; y es que el contexto inmediato del Mercado ha visto resurgir comercios especializados en gastronomía que, desde mi punto de vista, están un poco sobrevalorados.

Las calles a su alrededor se han vuelto a llenar de gente con mascotas, transeúntes en “jeans” de colores y lentes de pasta, ciclistas urbanos que  pelean por un lugar para encadenar su bicicleta cerca del mercado para no perderse del nuevo lugar del que todos hablan.

La primera vez que estuve ahí fue poco más de dos horas y sirvió para darme cuenta que lo visita un sector de la población que a mi parecer tiene un contexto sobre el Mercado, está interesada en conocerlo y no es coincidencia llegar.  De pronto, las características de los personajes que están ahí  me hacen pensar que es para un nicho en específico, usuarios con ciertas condiciones socioculturales con formas y hábitos bastante particulares; sin encasillar a los llamados “hípsters” pero con una clara tendencia hacia lo orgánico, natural, pretencioso-hidropónico, gourmet, mamonería, libre de pesticidas, disque progresistas, “selfie-makers”  y con un “excelso gusto musical”, ¡ok exagere! pero es como si fueran oriundos de la calle de la colonia Roma
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Todo esto, a mi parecer, lo convierte en un centro no democrático, y sin broncas me parece correcto; sin cargas filológicas me sugiere algo natural e inherente el entorno. La ubicación y el nacimiento de un espacio de estas características tenía que ser casi automático.

La experiencia. En cuanto llegas a la calle de Querétaro atravesando Medellín te das cuenta que  algo sucede por la cantidad de personas  sobre la acera y en seguida me vino a  la mente el mercado de antojitos del centro de Coyoacán donde se abre una estructura con un nivel de piso más alto casi simulando un pórtico a doble altura para que tu visual permee hasta los locales del fondo que en el caso del Mercado Roma es un casi predecible remate visual de muro verde con  huertos urbanos, suena a cliché ¿verdad?.

Nacido desde la estructura de lo que anteriormente era el Salón León, se estructuró un ambiente amable y dinámico donde se fondea todo en color negro para darle la sensación de profundidad y amplitud, algunos detalles en color naranja casi fosforescente para resaltar y darle un poco de frescura y contraste. La estructura no pesa visualmente por el color negro, las instalaciones no las notas a menos que vayas exclusivamente a fijarte en la solución. Una iluminación tenue pero suficiente hace referencia a un restaurante, no  a un mercado, acabados resistentes y de buen gusto y el piso, ese piso con rombos de colores que genera una textura por todos los pasillos, de verdad el piso me pareció de lo mejor. El edificio se enmascara con una extraña celosía simulando un mercado popular con todo y esa linda cornisa.

Los locales, como en los mercados populares, forman calles y pasillos, algunos dan de frente al acceso, otros no tan afortunados dan  la espalda al visitante; la disposición de los locales de forma romboide generan dinamismo en los pasillos aunque por la cantidad de gente que hay nunca será suficiente el espacio entre ellos.

La planta baja se divide en dos grandes secciones de venta  y un área de servicios. La primera es donde está la mayoría de los locales de comida. Cabe mencionar que la idea del Mercado Roma es dar una opción “gourmet” de la tradicional comida popular mexicana. Sé lo que están pensando con la descripción anterior pero creo que es una buena oportunidad para probar cosas diferentes. Los detalles de color naranja te van guiando hasta la zona de servicios que cuenta con sanitarios, información general, un elevandor para cumplir con la accesibilidad universal y unas escaleras iluminadas de forma soberbia y que razón tenía Mies Van  Der Rohe al decir que “Dios está en los detalles”.

La sección posterior donde está el área de comensales a doble altura contiene un gran  juego de mesas de madera simulando el patio trasero de una casa y esa idea refuerza con el jardín vertical de la terraza al fondo donde puedes sentarte a disfrutar de unos churros con helado, una cerveza artesanal o un tamal de nuez con cardamomo. 

Ésta área se conecta con un mezzanine  que tiene  locales que venden fiambres, dulces, chocolate orgánico y una librería.

En términos generales la adaptación del lugar me parece exitosa, creo que Rojkind sabe hacer este tipo de cosas; como fenómeno me parece pretencioso pero singular y algo muy importante es que está gustando y como experiencia … como dicen en mi pueblo: “sin rodeos” ahí les va:

Independientemente que el concepto sea un “mercado” creo que es una cuestión completamente de términos y de ideas rebuscadas. Yo,  particularmente no lo llamaría como tal, pero por otro lado en el sentido ontológico de la palabra sí se mercadean productos.  Así de contradictorio, así de agridulce.

Lo decepcionante fuer llegar a los locales y darte cuenta que gran parte del local es pura y mera escenografía, el valor del carácter del local queda en tela de juicio por los “adornitos” que simulan casi grotescamente a un mercado, demerita el valor y el sentido del establecimiento. Es decir, caen radicalmente en lo kitsch, en lo trucho, en lo “¡ay, no mames!”. Una cubeta de aluminio con hielos para enfriar latas de cervezas y un par de botellas de vino blanco me parece graciosa y con un dejo de originalidad…  pero, la cubeta de aluminio está pintada de azul marino y salpicada con pintura blanca para “simular” peltre. O sea, no mamen, si utilizar peltre de manera pretenciosa para dar originalidad es kitsch ¿Qué es entonces simular peltre? ¿Me entienden?. Quizá estoy siendo muy exagerado, quizá me fijo en cosas que nadie se fija pero ¿Qué hace un molcajete con una mazorca como decoración en el puesto de quesadillas?.  Prefiero la sinceridad de un lugar delicatesen: pretencioso pero siendo in situ lo que es per se, porque además, aunque suene como chisme, mucha comida no se prepara ahí, la traen de las cocinas de los restaurantes que están representados ahí. ¿Entonces?, ¿Qué quedó?.

Prefiero dejarlo a la experiencia personal y cada uno decida y tome juicio sobre el espacio. Definitivamente debo reconocer que tiene elementos muy buenos y rescatables aunque de pronto se vuelvan escenografía.