Generalmente
estoy en una constante búsqueda de asombro por ciudad, es como buscar la
autocomplacencia a través del lugar donde vivo. Nace desde mi apego a esta urbe y de algunas
de sus condiciones que la hacen todavía habitable; esta ciudad me dosifica continuamente pequeñas cantidades
de asombro y esto evita que mi neurosis detone por el caos que también es en
conjunto esta ciudad, un paliativo reconfortante sin que se convierta en atole
con el dedo.
Caminando
por las calles, casi deambulando en búsqueda
de estímulos ambientales que se puedan combinar con sabores de salsa roja y
texturas con queso; quizá alguna banca arrumbada en un parque pero con el encanto
inherente de una buena nieve de limón o
el sabor de una cerveza dulce mezclada con buena música para rescatar un local
perdido en el centro de la ciudad. Todo
esto para no odiar el caos y las confrontaciones diarias de la megalópolis.
Lo
anterior libre de pretensiones y con un poco de singularidad y originalidad me
tienen conformado.
Así, de
pronto un día llegué al Mercado Roma, después de una mañana relajada y un
desayuno sabatino común decidí ir al tan
mencionado y nuevo “hot spot” de la zona Roma – Condesa.
La verdad
es que todavía sigo con un sabor agridulce por no decir confundido. De
principio, no creo estar fuera de lugar al decir que el Mercado Roma se ha
convertido, si es que no nació, en algo que los urbanistas llaman “subcentro
urbano”, un espacio que tiene una alta densidad de población (flotante en este
caso) y que sobre todo, es capaz de ejercer una influencia sobre su entorno
modificando el valor de su alrededor
con el impacto que tiene la intensidad
de uso. Es decir, va de nuevo: ejerce
per se una influencia a su alrededor por la cantidad de gente que lo visita; y
es que el contexto inmediato del Mercado ha visto resurgir comercios
especializados en gastronomía que, desde mi punto de vista, están un poco
sobrevalorados.
Las
calles a su alrededor se han vuelto a llenar de gente con mascotas, transeúntes
en “jeans” de colores y lentes de pasta, ciclistas urbanos que pelean por un lugar para encadenar su bicicleta
cerca del mercado para no perderse del nuevo lugar del que todos hablan.
La
primera vez que estuve ahí fue poco más de dos horas y sirvió para darme cuenta
que lo visita un sector de la población que a mi parecer tiene un contexto
sobre el Mercado, está interesada en conocerlo y no es coincidencia llegar. De pronto, las características de los
personajes que están ahí me hacen pensar
que es para un nicho en específico, usuarios con ciertas condiciones
socioculturales con formas y hábitos bastante particulares; sin encasillar a
los llamados “hípsters” pero con una clara tendencia hacia lo orgánico,
natural, pretencioso-hidropónico, gourmet, mamonería, libre de pesticidas,
disque progresistas, “selfie-makers” y
con un “excelso gusto musical”, ¡ok exagere! pero es como si fueran oriundos de
la calle de la colonia Roma
.
Todo esto,
a mi parecer, lo convierte en un centro no democrático, y sin broncas me parece
correcto; sin cargas filológicas me sugiere algo natural e inherente el
entorno. La ubicación y el nacimiento de un espacio de estas características
tenía que ser casi automático.
La experiencia. En cuanto llegas a la calle de Querétaro atravesando
Medellín te das cuenta que algo sucede
por la cantidad de personas sobre la
acera y en seguida me vino a la mente el
mercado de antojitos del centro de Coyoacán donde se abre una estructura con un
nivel de piso más alto casi simulando un pórtico a doble altura para que tu
visual permee hasta los locales del fondo que en el caso del Mercado Roma es un
casi predecible remate visual de muro verde con huertos urbanos, suena a cliché ¿verdad?.
Nacido
desde la estructura de lo que anteriormente era el Salón León, se estructuró un
ambiente amable y dinámico donde se fondea todo en color negro para darle la sensación
de profundidad y amplitud, algunos detalles en color naranja casi fosforescente
para resaltar y darle un poco de frescura y contraste. La estructura no pesa
visualmente por el color negro, las instalaciones no las notas a menos que
vayas exclusivamente a fijarte en la solución. Una iluminación tenue pero
suficiente hace referencia a un restaurante, no
a un mercado, acabados resistentes y de buen gusto y el piso, ese piso
con rombos de colores que genera una textura por todos los pasillos, de verdad
el piso me pareció de lo mejor. El edificio se enmascara con una extraña
celosía simulando un mercado popular con todo y esa linda cornisa.
Los
locales, como en los mercados populares, forman calles y pasillos, algunos dan
de frente al acceso, otros no tan afortunados dan la espalda al visitante; la disposición de los
locales de forma romboide generan dinamismo en los pasillos aunque por la
cantidad de gente que hay nunca será suficiente el espacio entre ellos.
La planta
baja se divide en dos grandes secciones de venta y un área de servicios. La primera es donde
está la mayoría de los locales de comida. Cabe mencionar que la idea del
Mercado Roma es dar una opción “gourmet” de la tradicional comida popular
mexicana. Sé lo que están pensando con la descripción anterior pero creo que es
una buena oportunidad para probar cosas diferentes. Los detalles de color
naranja te van guiando hasta la zona de servicios que cuenta con sanitarios,
información general, un elevandor para cumplir con la accesibilidad universal y
unas escaleras iluminadas de forma soberbia y que razón tenía Mies Van Der Rohe al decir que “Dios está en los
detalles”.
La
sección posterior donde está el área de comensales a doble altura contiene un
gran juego de mesas de madera simulando
el patio trasero de una casa y esa idea refuerza con el jardín vertical de la
terraza al fondo donde puedes sentarte a disfrutar de unos churros con helado,
una cerveza artesanal o un tamal de nuez con cardamomo.
Ésta área
se conecta con un mezzanine que
tiene locales que venden fiambres,
dulces, chocolate orgánico y una librería.
En
términos generales la adaptación del lugar me parece exitosa, creo que Rojkind
sabe hacer este tipo de cosas; como fenómeno me parece pretencioso pero
singular y algo muy importante es que está gustando y como experiencia … como
dicen en mi pueblo: “sin rodeos” ahí les va:
Independientemente
que el concepto sea un “mercado” creo que es una cuestión completamente de
términos y de ideas rebuscadas. Yo, particularmente no lo llamaría como tal, pero
por otro lado en el sentido ontológico de la palabra sí se mercadean productos.
Así de contradictorio, así de agridulce.
Lo
decepcionante fuer llegar a los locales y darte cuenta que gran parte del local
es pura y mera escenografía, el valor del carácter del local queda en tela de
juicio por los “adornitos” que simulan casi grotescamente a un mercado, demerita
el valor y el sentido del establecimiento. Es decir, caen radicalmente en lo
kitsch, en lo trucho, en lo “¡ay, no mames!”. Una cubeta de aluminio con hielos
para enfriar latas de cervezas y un par de botellas de vino blanco me parece graciosa
y con un dejo de originalidad… pero, la
cubeta de aluminio está pintada de azul marino y salpicada con pintura blanca
para “simular” peltre. O sea, no mamen, si utilizar peltre de manera
pretenciosa para dar originalidad es kitsch ¿Qué es entonces simular peltre?
¿Me entienden?. Quizá estoy siendo muy exagerado, quizá me fijo en cosas que
nadie se fija pero ¿Qué hace un molcajete con una mazorca como decoración en el
puesto de quesadillas?. Prefiero la sinceridad
de un lugar delicatesen: pretencioso pero siendo in situ lo que es per se,
porque además, aunque suene como chisme, mucha comida no se prepara ahí, la
traen de las cocinas de los restaurantes que están representados ahí.
¿Entonces?, ¿Qué quedó?.
Prefiero
dejarlo a la experiencia personal y cada uno decida y tome juicio sobre el
espacio. Definitivamente debo reconocer que tiene elementos muy buenos y
rescatables aunque de pronto se vuelvan escenografía.