miércoles, 17 de septiembre de 2014

¡Sí hay, sí hay!, ¡pásele güerita!. MERCADO ROMA



Generalmente estoy en una constante búsqueda de asombro por ciudad, es como buscar la autocomplacencia a través del lugar donde vivo.  Nace desde mi apego a esta urbe y de algunas de sus condiciones que la hacen todavía habitable; esta ciudad  me dosifica continuamente pequeñas cantidades de asombro y esto evita que mi neurosis detone por el caos que también es en conjunto esta ciudad, un paliativo reconfortante sin que se convierta en atole con el dedo.
                                                
Caminando  por las calles, casi deambulando en búsqueda de estímulos ambientales que se puedan combinar con sabores de salsa roja y texturas con queso; quizá alguna banca arrumbada en un parque pero con el encanto inherente de una  buena nieve de limón o el sabor de una cerveza dulce mezclada con buena música para rescatar un local perdido en el centro de la ciudad.  Todo esto para no odiar el caos y las confrontaciones diarias de la megalópolis.

Lo anterior libre de pretensiones y con un poco de singularidad y originalidad me tienen conformado.

Así, de pronto un día llegué al Mercado Roma, después de una mañana relajada y un desayuno sabatino común decidí  ir al tan mencionado y nuevo “hot spot” de la zona Roma – Condesa.

La verdad es que todavía sigo con un sabor agridulce por no decir confundido. De principio, no creo estar fuera de lugar al decir que el Mercado Roma se ha convertido, si es que no nació, en algo que los urbanistas llaman “subcentro urbano”, un espacio que tiene una alta densidad de población (flotante en este caso) y que sobre todo, es capaz de ejercer una influencia sobre su entorno modificando  el valor de su alrededor con  el impacto que tiene la intensidad de uso. Es decir,  va de nuevo: ejerce per se una influencia a su alrededor por la cantidad de gente que lo visita; y es que el contexto inmediato del Mercado ha visto resurgir comercios especializados en gastronomía que, desde mi punto de vista, están un poco sobrevalorados.

Las calles a su alrededor se han vuelto a llenar de gente con mascotas, transeúntes en “jeans” de colores y lentes de pasta, ciclistas urbanos que  pelean por un lugar para encadenar su bicicleta cerca del mercado para no perderse del nuevo lugar del que todos hablan.

La primera vez que estuve ahí fue poco más de dos horas y sirvió para darme cuenta que lo visita un sector de la población que a mi parecer tiene un contexto sobre el Mercado, está interesada en conocerlo y no es coincidencia llegar.  De pronto, las características de los personajes que están ahí  me hacen pensar que es para un nicho en específico, usuarios con ciertas condiciones socioculturales con formas y hábitos bastante particulares; sin encasillar a los llamados “hípsters” pero con una clara tendencia hacia lo orgánico, natural, pretencioso-hidropónico, gourmet, mamonería, libre de pesticidas, disque progresistas, “selfie-makers”  y con un “excelso gusto musical”, ¡ok exagere! pero es como si fueran oriundos de la calle de la colonia Roma
.
Todo esto, a mi parecer, lo convierte en un centro no democrático, y sin broncas me parece correcto; sin cargas filológicas me sugiere algo natural e inherente el entorno. La ubicación y el nacimiento de un espacio de estas características tenía que ser casi automático.

La experiencia. En cuanto llegas a la calle de Querétaro atravesando Medellín te das cuenta que  algo sucede por la cantidad de personas  sobre la acera y en seguida me vino a  la mente el mercado de antojitos del centro de Coyoacán donde se abre una estructura con un nivel de piso más alto casi simulando un pórtico a doble altura para que tu visual permee hasta los locales del fondo que en el caso del Mercado Roma es un casi predecible remate visual de muro verde con  huertos urbanos, suena a cliché ¿verdad?.

Nacido desde la estructura de lo que anteriormente era el Salón León, se estructuró un ambiente amable y dinámico donde se fondea todo en color negro para darle la sensación de profundidad y amplitud, algunos detalles en color naranja casi fosforescente para resaltar y darle un poco de frescura y contraste. La estructura no pesa visualmente por el color negro, las instalaciones no las notas a menos que vayas exclusivamente a fijarte en la solución. Una iluminación tenue pero suficiente hace referencia a un restaurante, no  a un mercado, acabados resistentes y de buen gusto y el piso, ese piso con rombos de colores que genera una textura por todos los pasillos, de verdad el piso me pareció de lo mejor. El edificio se enmascara con una extraña celosía simulando un mercado popular con todo y esa linda cornisa.

Los locales, como en los mercados populares, forman calles y pasillos, algunos dan de frente al acceso, otros no tan afortunados dan  la espalda al visitante; la disposición de los locales de forma romboide generan dinamismo en los pasillos aunque por la cantidad de gente que hay nunca será suficiente el espacio entre ellos.

La planta baja se divide en dos grandes secciones de venta  y un área de servicios. La primera es donde está la mayoría de los locales de comida. Cabe mencionar que la idea del Mercado Roma es dar una opción “gourmet” de la tradicional comida popular mexicana. Sé lo que están pensando con la descripción anterior pero creo que es una buena oportunidad para probar cosas diferentes. Los detalles de color naranja te van guiando hasta la zona de servicios que cuenta con sanitarios, información general, un elevandor para cumplir con la accesibilidad universal y unas escaleras iluminadas de forma soberbia y que razón tenía Mies Van  Der Rohe al decir que “Dios está en los detalles”.

La sección posterior donde está el área de comensales a doble altura contiene un gran  juego de mesas de madera simulando el patio trasero de una casa y esa idea refuerza con el jardín vertical de la terraza al fondo donde puedes sentarte a disfrutar de unos churros con helado, una cerveza artesanal o un tamal de nuez con cardamomo. 

Ésta área se conecta con un mezzanine  que tiene  locales que venden fiambres, dulces, chocolate orgánico y una librería.

En términos generales la adaptación del lugar me parece exitosa, creo que Rojkind sabe hacer este tipo de cosas; como fenómeno me parece pretencioso pero singular y algo muy importante es que está gustando y como experiencia … como dicen en mi pueblo: “sin rodeos” ahí les va:

Independientemente que el concepto sea un “mercado” creo que es una cuestión completamente de términos y de ideas rebuscadas. Yo,  particularmente no lo llamaría como tal, pero por otro lado en el sentido ontológico de la palabra sí se mercadean productos.  Así de contradictorio, así de agridulce.

Lo decepcionante fuer llegar a los locales y darte cuenta que gran parte del local es pura y mera escenografía, el valor del carácter del local queda en tela de juicio por los “adornitos” que simulan casi grotescamente a un mercado, demerita el valor y el sentido del establecimiento. Es decir, caen radicalmente en lo kitsch, en lo trucho, en lo “¡ay, no mames!”. Una cubeta de aluminio con hielos para enfriar latas de cervezas y un par de botellas de vino blanco me parece graciosa y con un dejo de originalidad…  pero, la cubeta de aluminio está pintada de azul marino y salpicada con pintura blanca para “simular” peltre. O sea, no mamen, si utilizar peltre de manera pretenciosa para dar originalidad es kitsch ¿Qué es entonces simular peltre? ¿Me entienden?. Quizá estoy siendo muy exagerado, quizá me fijo en cosas que nadie se fija pero ¿Qué hace un molcajete con una mazorca como decoración en el puesto de quesadillas?.  Prefiero la sinceridad de un lugar delicatesen: pretencioso pero siendo in situ lo que es per se, porque además, aunque suene como chisme, mucha comida no se prepara ahí, la traen de las cocinas de los restaurantes que están representados ahí. ¿Entonces?, ¿Qué quedó?.

Prefiero dejarlo a la experiencia personal y cada uno decida y tome juicio sobre el espacio. Definitivamente debo reconocer que tiene elementos muy buenos y rescatables aunque de pronto se vuelvan escenografía. 

miércoles, 25 de junio de 2014

Después de todo.


No quise abrir los ojos, sólo me incorporé y ajusté el cinturón de seguridad en cuanto escuche el timbre que anuncia el descenso. Supongo que los pasajeros pensaban que seguía dormido aún después del aterrizaje impetuoso; la verdad es que preferí asumirme así y esperar a que se desalojara el avión.
Por fin atravesé el largo pasillo, caminé por el frío e indiferente interior del aeropuerto. Igual que a mí, las salas de espera les da lo mismo quien esté ahí con su destino y sus intenciones. A veces me siento mejor en los no lugares y con las no personas; es más cómodo no ser nadie y siempre despedir que esperar que lleguen.

Evadí las bandas donde se entrega el equipaje, no me gusta viajar pesado o mejor dicho no nos debería gustar viajar pesado. Quería seguir derecho pero no pude evitar pasar al baño.
Por fin salí del aeropuerto y hasta ese momento sentí que había aterrizado.

Quise distraerme viendo la calle y la gente pasar, todo era muy rápido, los taxis, las camionetas, las maletas y los gritos nerviosos de los que van tarde. Moría por fumarme un cigarro pero preferí definitivamente desaparecer de aquel escenario.

Irónicamente el camino era ir en sentido contrario de las personas que llegaban a pie, seguro ese camino de personas me iba a llevar a la forma de salir de ahí. Efectivamente, el camino de gente que venía me llevo al metro Terminal Aérea.

Es raro que una estación del metro se llame Terminal Aérea, tenga un icono de un avión en tierra esperando salir y aun así los usuarios de la estación no sean viajeros. Uno que otro resalta entre la multitud porque arrastra una maleta pero en realidad es un lugar sin fuerza, sin ningún uso como hito.
Sinceramente no recuerdo mucho el trayecto dentro del vagón. Mucha gente, ruido, vendedores poniéndote una bocina en alto en la cara y una cantidad de conversaciones al aire. Me parece divertido escuchar algunas conversaciones, no por el afán de ser juez pero si para ayudarme a recordar que no soy el único que le retumba la cabeza, pero al parecer creo que si el único que se lo guarda y después lo recuerda.
-Conste que esto va a terminar en tragedia-. Eso fue lo primero que me dijo al verme bajar del vagón del metro. César, mi gran amigo de innumerables farras, escudero de mezcal y caminante deambulante.  En verdad no sé si me lo dijo con intensión de animarme o de deslindarse.

Todavía recuerdo el semblante que puso cuando le entregué la maleta. En ese momento no necesitaba un cómplice sino un confidente. Estaba un poco aterrado por la forma que había decidido ejecutar mi plan. ¿Cuál plan?. En realidad no tenía claro que es lo que iba hacer, bueno, si seguir mis impulsos era creer que tenía un plan pues efectivamente, lo tenía todo muy claro.
Le entregue la maleta, nos abrazamos y le dije: -te mando mensaje en cuanto lo haya hecho.-
Me di la media vuelta y desaparecí entre la gente.

Salí de la estación del metro para tomar un taxi que me llevara a cualquier hotel. Un lugar bastante decente sobre Insurgentes; uno de tantos hoteles que son express.

Los pasillos callados e iluminados del hotel me parecían perfectos, lo último que necesitaba era calidez; las puertas esmeriladas, la luz indirecta y los materiales industrializados me ignoraban, ni me volteaban a ver y justo me sentí en el lugar idóneo. Entré a la habitación, sin pensar otra cosa me desnude y me metí al baño para una ducha rápida, en cuanto estuve vestido salí del hotel para tomar el metro de nuevo, volver a moverme, a no quedarme.
En cuanto se abrieron las puertas salí corriendo del vagón, corrí por el andén como ningún otro pasajero, iba esquivando a los transeúntes durante todo el recorrido a la salida; si hubiera sido más rápido definitivamente hubiera brincado el torniquete en lugar de pasar por él como es debido. Sin dudarlo subí las escaleras inmensas, en ese momento preferí sentir las piernas como cristal quebrandose que esperar un minuto en la escalera automática, llegué a la salida de la estación y solo sentía por fin el aire fresco del exterior, soplaba el viento y faltaba poco para que empezara a oscurecer, me faltaba día y no podía desperdiciar minutos valiosos así que corrí en cuanto supe hacía donde había que correr, en realidad fueron pocas las calles que soporté corriendo con el mismo impetu con el que inicié, después las piernas de cristal se cobraban poco a poco mi mala condición física así que bajé la velocidad hasta terminar caminando, casi prendo un cigarro de lo agotado que iba ya.

Faltaban un par de cuadras para llegar cuando encendí un cigarro, aunque seguía bastante agitado disfruté muchísimo ese cigarro, porque uno puede no respirar bien pero dejar de fumar es como quitarse los zapatos. Llegué a la esquina y para entonces no sabía si seguir caminando o regresar corriendo como llegué, mareado y con ganas de vomitar por carrera y el cigarro juntos, al final no fue tan buena idea ese cigarro.
Como torero frente al animal, me planté mirando la puerta del edificio, ese edificio que desde el primer momento que lo vi me enamoré de él. Un edificio viejo pero en excelentes condiciones, quizá de los años 50, grandes ventanas y una cornisa curva que se metía a la banqueta para la época de lluvias, los detalles del chaflán y los balcones arremetidos forrados de ladrillos capuchinos, ansiaba volver vivir ese maravilloso balcón que daba a los árboles del camellón y se podía disfrutar una cerveza fría y fumar entre ramas y hojas los sábados por la tarde,  las plantas que colgaban desde ahí, el granito de  la entrada y la lámpara vieja como la misma conserje mal humorada pero hermosa, con un encanto que no pretende, que es inherente a sí misma. No pude evitar sonreír al ver el edificio de nuevo, era como decirle, "sigues aquí".

Sin pensarlo saqué las llaves y entré al edificio, estaba oscureciendo, faltaban minutos para meterse el sol,  en un instante ya estaba en el tercer piso, esas escaleras me parecían únicas, parecía que no las subías sino que las deslizabas, eran hermosas hasta detalle del barandal, viejas, robustas, de granito un poco percudido pero hermosas; aunque la verdad es que no podía evitar sentir un hueco en el estómago con cada escalón que subía, era como si cada paso hacia adelante me retumbaba en el corazón y el estómago me lo decía. Todavía no sabía lo que estaba haciendo pero sí sabía que lo tenía que  hacer.

De frente a la puerta de ese departamento, saqué la llave entre suave y despacio como si fuera un ladrón, estaba temblando, tenía la boca seca, las manos frías y la espalda tensa, seguí dando pasos y miré la ventana que tenía el balcón. ¡Por Dios! la luz de la puesta del sol entraba casi horizontal, iluminaba hasta el pasillo que daba hacia las recamaras, me petrifiqué, era como detener el universo por un instante.  Recuerdo el calor que sentía, el sudor escurriendo de mis manos, mi espalda tensa y la boca seca. Sólo tenía que hacerlo y salir de ahí, no debía distraerme ni mucho menos detenerme; seguí avanzando por el comedor hasta llegar al sillón y automáticamente me conecte al lugar, como si tan sólo de tocar el sillón me atravesara una corriente eléctrica que llegará al cerebro y despertara los recuerdos.
 De pronto el balcón y la ventana me seducían, me hipnotizo la luz atravesando las cortinas llenas de polvo, se alcanzaban a ver las flores secas  abandonadas en el balcón y aun así seguía siendo precioso;  no tengo claro cuanto tiempo pasé contemplando el claroscuro, fue un segundo o la mitad de un sueño. Pase al baño y como un ciego empecé a reconocer los objetos, el mosaico veneciano y lo abandonado del lugar con ese par cepillos de dientes tiesos, todavía había ropa en el piso, era obvio que desde que salimos esa mañana nadie volvió a atravesar la puerta. Todo estaba exactamente como se quedó desde aquella tarde cuando pasó todo.
Tome una toalla limpia, la apreté con las manos aunque más bien creo que me estaba aferrando a ella, seguía avanzando sin hacer ruido, pareciera como si no quisiera despertar a los objetos inertes. Pase a la habitación y ahí seguía toda la escena de aquel día, las pantuflas encima del sillón como tantas veces las dejaba, estaba también la cama destendida, las almohadas como alfombra del otro lado de la cama y esa pinche taza de café sobre el Buró, tanto que me cagaban las tazas en el dormitorio.

No quería tocar nada de ahí, de ese templo abandonado donde hubo peleas infinitas y batallas cuerpo a cuerpo bajo sábanas que hoy están en el piso,  las paredes enyesadas y el apagador negro que compramos en un mercado de pulgas en el centro y que me cagaba como se veía en las mañanas frías, esa lámpara blanca que me había regalado un día inesperado y era la que dejábamos encendida para vernos desnudos mientras su boca recorría mi pecho y mis manos acariciaban su espalda, nos gustaba mirarnos completos y juntos,  éramos perfectos juntos; lástima que nos fuimos haciendo a un lado cada quien.  Camine por la habitación contemplando todo como sí fuera un museo aunque yo la sentía mas como  la escena de un crimen; la verdad es que por primera vez en mucho tiempo me sentía cómodo entre tanto desorden que a diferencia de  el último año yo estaba lejos de mi desmadre, lejos de ella y de ese departamento.
 Sentado en la cama mirando hacia la puerta abierta de la recamara alcanzaba a ver como la luz se iba apagando conforme se metía el sol y así, de pronto, ya era de noche y yo solo sentía todo lo que estaba enterrando en ese momento, por fin sentía como dejaba caer todo lo que por mucho tiempo había querido mantener en mis manos, me sentí rendido pero no perdido; no podía moverme ni dejar de llorar, los recuerdos me ametrallaban, el color de las paredes me atacaban, el olor de su ropa me asfixiaba; me estaba muriendo en las manos de esos asesinos adorables y hermosos, mis recuerdos.
Ya estaba pasando la tarde y me tuve que apresurar para que no salir tan noche así que me limpié las lágrimas, tomé varias bolsas vacías de basura y empecé meter todas sus cosas. No tuve la delicadeza de doblar ninguna prenda, al contrario, las metía a la bolsa con enojo y coraje; las fotografías de los dos en mil pedacitos y algunas con todo y marcos se fueron a la basura, puse música y encendí todas las luces para exorcizarla de ahí. Mientras desaparecía su rastro de ese lugar seguí llorando y riendo, agradeciendo y maldiciendo, le grité “puta” a varios de sus retratos, la maldije, le reclamé y después la desaparecí. Bajé la 6 bolsas negras enormes de basura a los contenedores del edificio, regresé, puse sábanas limpias, abrí un poco la ventana para que entrara el aire después de todo un año encerrado.  Todavía recuerdo el día que salí de ahí con el deseo de jamás volver, con una maleta y algunas cosas. Un mes en casa de mis amigos, un mes en un hotel y los siguientes 11 meses de viaje.
Apagué todas las luces, cerré el departamento y salí del edificio para encender otro cigarro y fumarlo como si fuera agua en el desierto.  No podía dejar de sonreír y por fin envié el mensaje de “está hecho, ya voy para allá”. Tomé un taxi y me dirigí al centro de la ciudad.
Entré a un restaurante bastante acogedor, buena música en una terraza, muchas mesas y gente divirtiéndose, me acerqué a una mesa grande donde habían caras conocidas y ahí estaba ella, la que conocí en la playa hace 6 meses, la que surgió de una noche excesos y se convirtió en mi amuleto;  después de esa noche en la playa nos volvimos a encontrar un mes después en el aeropuerto de Monterrey, ella iba llegando y yo la estaba esperando.
Ella, la que se levantó de la mesa, se acercó y me dijo: “tus ojos están hinchados, lloraste mucho” y me besó para comenzar de nuevo.



















martes, 22 de abril de 2014

Sin dejarte ir.

Todavía no recuerdo exactamente donde te empecé a encontrar pero si recuerdo que te  busqué por primera vez en la tristeza y el desconsuelo; no sé en que momento pensé que estarías en el enojo, por supuesto que no dejé de intentarlo en las largas caminatas solitarias de los fines de semana, esas que le rogaba a Dios dejarme exhausto para llegar a morirme sobre el colchon; en la falsa filosofía quizá si busqué pero supongo que no había nada. No sé si fue parte de la búsqueda ó la desesperación que me pareció  buscarte en el alcohol, no tanto en las drogas pero si en la profunda negación de esa tristeza, en la soledad de mis fiestas, en las risas vacías que se ahogaban en llanto al llegar a casa. Te busque en los falsos amores de besos incontrolados pero vacíos, en promesas de saliva y de salva.

La verdad es que no estaba seguro si estabas pero no me cansaba de buscarte aunque parecía que solamente buscaba en donde seguro no estarías.

Fue en un camino de tierra mojada entre charcos y hierva a un lado de este sendero, con las nubes en el horizonte cuando me di cuenta que estaba en medio de la serenidad del silencio, en el fresco de la tarde y con las  puntas de los dedos rosando la mojada vegetación. En medio de la serenidad, por fin, te empecé a encontrar.

No estabas en las peticiones de mis oraciones sino en la fe con la que las decía, en la esperanza de cada noche, en cada planta que riego y que le canto como yo te vi cantarles, en la forma de regañar al gato convencido de que me entiende como Butch te entendía. Supe que siempre has estado cuando veo la cara de mis hermanos y siento el profundo abrazo de mi papá, también te encuentro en la forma de encabronarme por tonterías, también ahí.  En mi nerviosismo inocuo y en la vida por a la que te aferraste hasta el último momento antes de pedirme que te dejara ir. En las tazas de té que me preparo y me tomo sentado en la mesa mientras te sigo platicando de mi vida porque no quiero que no sepas de este hijo tuyo con sus planes y locuras. En la risa que se me escapa al recordarte riendo de mis chistes y en las lágrimas que no dejan de salir mientras te escribo esto. Ahí estás tú. En las canciones que canto como si cada una fueran un grito de guerra y cada vez que bailo como si fuera la última vez.

Me niego a dejarte ir, al contrario, te mantengo conmigo en cada atardecer que tiene mi asombro, en cada grano de arena que frota mis pies en la playa, en cada risa sincera y en este corazón al que le enseñaste a vivir. En las plantas que me encargaste y aquel árbol de durazno que hoy llevo en mi piel como estandarte de nuestra tempestad que defiende la vida porque del único lugar donde jamás te vas a ir es de mi corazón. Eso te lo juro.
 





martes, 8 de abril de 2014

Los sentidos en los lugares


Los sentidos en los lugares


Porque caminar y pisar no es lo mismo; así me refiero a la idea de vivir y sentir un espacio. Sabemos que la conducta humana también va en función al medio y a la gracias de nuestra personalidad. 
Todos los espacios que recordamos no necesariamente nos seducen, a veces te mientan la madre o definitivamente te ignoran y a veces, sólo a veces, lo agradeces. También están los lugares que te enamoran con aromas y texturas o rompen tu cabeza en mil cachitos. Pregúntale a alguien que le han roto el corazón en un Sanborns: ¿como recuerdas ese momento? y te dirá que es una mezcla entre palabras con hiel y el aroma de chilaquiles con café, los colores de la mesera intergaláctica y el ruido de los demás comensales. Un infierno, ¿no?.   Pero también pregúntale a algún treintañero sobre la cena donde se volvieron a encontrar grandes amistades de la adolescencia, una terraza, el olor a vinagreta sobre ensaladas, el sabor de un malbec (barato pero merecedor), música a un volumen exacto y la cantidad de risas por las anécdotas ruborizantes de cada uno. El lugar perfecto. Así se juega, vivir no quiere decir disfrutar cada instante, no nos neguemos a la parte amarga de las cosas que también es vivir y muchos de nostoros que caminamos con empujones de la vida. Así pasa con los lugares y los espacios, son como nuestras relaciones pasadas o por lo menos las que han valido la pena.
Todos los que tenemos la fortuna de conservar el gusto por una larga caminata los fines de semana y detenerse a mirar la fachada de alguna casa o el remate de una cornisa de un edificio sabemos el placer de caminar sobre concreto y de pronto encontrarte con una alfombra color lila por las jacarandas; todos aquellos que tenemos la necesidad de caminar con la terrible costumbre de conservarnos para nosotros mismos y obtenemos la recompensa de encontrar excelentes lugares y rinconcitos en esta ciudad o cualquier parte donde tocamos tierra en nuestra cabeza; hacemos que los espacios nos cobijen y literalmente nos podamos sentir acogidos.
Un café en Real de Catorce, SLP. con muros anchos de colores ocre, desgastados casi melancólicos pero que resguardan una vitrina de metal y vidrio, iluminación indirecta con luminarias en color negro mate, plantas colgante en este local altísimo y un piso a base de losetas de barro; como remate visual el horno donde sale la felicidad hecha de las galletas de chocolate con arándanos, perfectas, grotescamente deliciosas y el café en taza de porcelana que  en combinación con madera de la pequeña mesa se volvieron una rima, una prosa para los sentidos; aquel pequeño florero con naturaleza muerta ya no protagonizaba tanto, o como aquella barra del bar en Mar del Plata donde tuve que pagar una cerveza para que me dejaran pasar al baño y el barman preguntara si se podía tomar la cerveza que yo había pagado;  un lugar sucio, con música desconocida pero vieja, semioscuro porque ya estaba casi el alba, lleno de gente mayor con tristeza en la cara y una luz roja al final de bar  que enmarcaba la puerta de los sanitarios; creo que fue esa luz roja la que me animo a salir y caminar por la arena y ver sobre un muelle la salida del sol en un mar que no era mío.
Me caga que las cosas tengan una definición pero también entiendo que es parte del proceso de comunicación y es por eso que puedo decir que un lugar es donde sucede algo a través de nuestros sentidos, el sabor de la vainilla desde el olfato, y los recuerdos que reviven por una canción, las cosquillas del pasto en la planta de los pies y el gesto automático del queso Roquefort.  Los lugares a través de los sentidos para alojarse en la memoria.