Los sentidos en los lugares
Porque caminar y pisar no es lo mismo; así me refiero a la idea de vivir y
sentir un espacio. Sabemos que la conducta humana también va en función al
medio y a la gracias de nuestra personalidad.
Todos los espacios que recordamos no necesariamente nos seducen, a veces te
mientan la madre o definitivamente te ignoran y a veces, sólo a veces, lo
agradeces. También están los lugares que te enamoran con aromas y texturas o
rompen tu cabeza en mil cachitos. Pregúntale a alguien que le han roto el
corazón en un Sanborns: ¿como recuerdas ese momento? y te dirá que es una mezcla
entre palabras con hiel y el aroma de chilaquiles con café, los colores de la
mesera intergaláctica y el ruido de los demás comensales. Un infierno, ¿no?.
Pero también pregúntale a algún treintañero sobre la cena donde se volvieron a
encontrar grandes amistades de la adolescencia, una terraza, el olor a
vinagreta sobre ensaladas, el sabor de un malbec (barato pero merecedor),
música a un volumen exacto y la cantidad de risas por las anécdotas
ruborizantes de cada uno. El lugar perfecto. Así se juega, vivir no quiere
decir disfrutar cada instante, no nos neguemos a la parte amarga de las cosas que
también es vivir y muchos de nostoros que caminamos con empujones de la vida. Así pasa con los
lugares y los espacios, son como nuestras relaciones pasadas o por lo menos las
que han valido la pena.
Todos los que tenemos la fortuna de conservar el gusto por una larga
caminata los fines de semana y detenerse a mirar la fachada de alguna casa o el
remate de una cornisa de un edificio sabemos el placer de caminar sobre
concreto y de pronto encontrarte con una alfombra color lila por las
jacarandas; todos aquellos que tenemos la necesidad de caminar con la terrible
costumbre de conservarnos para nosotros mismos y obtenemos la recompensa de
encontrar excelentes lugares y rinconcitos en esta ciudad o cualquier parte
donde tocamos tierra en nuestra cabeza; hacemos que los espacios nos cobijen y
literalmente nos podamos sentir acogidos.
Un café en Real de Catorce, SLP. con muros anchos de colores ocre,
desgastados casi melancólicos pero que resguardan una vitrina de metal y
vidrio, iluminación indirecta con luminarias en color negro mate, plantas
colgante en este local altísimo y un piso a base de losetas de barro; como
remate visual el horno donde sale la felicidad hecha de las galletas de
chocolate con arándanos, perfectas, grotescamente deliciosas y el café en taza
de porcelana que en combinación con madera de la pequeña mesa se
volvieron una rima, una prosa para los sentidos; aquel pequeño florero con
naturaleza muerta ya no protagonizaba tanto, o como aquella barra del bar en
Mar del Plata donde tuve que pagar una cerveza para que me dejaran pasar al
baño y el barman preguntara si se podía tomar la cerveza que yo había pagado; un lugar sucio, con música desconocida pero
vieja, semioscuro porque ya estaba casi el alba, lleno de gente mayor con
tristeza en la cara y una luz roja al final de bar que enmarcaba la puerta de los sanitarios;
creo que fue esa luz roja la que me animo a salir y caminar por la arena y ver sobre
un muelle la salida del sol en un mar que no era mío.
Me caga que las cosas tengan una
definición pero también entiendo que es parte del proceso de comunicación y es
por eso que puedo decir que un lugar es donde sucede algo a través de nuestros
sentidos, el sabor de la vainilla desde el olfato, y los recuerdos que reviven
por una canción, las cosquillas del pasto en la planta de los pies y el gesto automático
del queso Roquefort. Los lugares a
través de los sentidos para alojarse en la memoria.

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