Hola,
Fue así como un día de pronto no supe distinguir si esa sensación en el estómago era causada por la cena de la noche anterior, quizá un poco de gastritis o la típica indigestión que causa el último taco que ya no era necesario pero si merecedor.
Tampoco seré tan duro conmigo mismo, sus efectos ya no son como antes, ya casi no hay sudor en las manos ni mandíbula rígida, es más, ya puedo dormir en seguida de acostarme. No por eso dejan de existir y me parece absurdo negarlas pero tampoco dejo que me acompañen todos los días a todos lados. No se ofendan pero son como el gato, sé que ahí están porque cuando llego a casa, a veces entran conmigo, a veces se quedan en la puerta, a veces pasan días sin saber de ustedes pero en ocaciones rascan la puerta para entrar a media noche. Así son ustedes, en ocaciones desapercibidas, en otras un puto dolor de cabeza.
He podido identificar fechas que detonan su presencia en mi mente y en mi vida. El día posterior a mi cumpleaños, después del festejo viene el síndrome de abstinencia de la fiesta y ahí es cuando se suben a mi cabeza en sentido efervecente. Las fechas decembrinas se vuelven invitaciones abiertas a quedarse conmigo como un familiar invasivo que se autoinvita a pasar una temporada en casa. Aún así, ahora es más fácil, ya les permito subirse a la cama y de vez en cuando, las abrazo para dormir. Ya tengo ritos mañaneros que me distraen para evitar hacerles caso de más. Recuerdo también que su presencia se vuelve un poco más basta cuando las cosas se tornan un poco complicadas, temporadas de mucho estres, madrazos de realidad, cuando mi resistencia al cambio se ve sobrepasada por alguna situación y necesito soltar y sentir el madrazo, pues después del madrazo llegan ustedes.
Ustedes, mis necesidades afectivas.
No me da miedo decir que están aquí siempre y a pesar de que en ocaciones logro no recordarlas, no
me las puedo quitar de encima. Ustedes, a las que tuve que aceptar y reconocer en mi vida para
poder escucharlas y por fin, empezar entenderlas; y siendo sinceros no son tan grotescas, al contario, tienen un dejo de ternura. A veces me cagan y me gustaría que desaparecieran, a veces las odio y las quiero encerrar, ignoraralas y perdon pero a veces hasta las he minimizado.
Aunque, seamos sinceros, ustedes también han culeras conmigo.
Debo reconocer que gracias a que hemos aprendido a vivir juntos, sin estorbarnos pero escuchandonos cuando levantamos la mano. Quizá a veces me enojo por que ahí siguen, y aunque no son las mismas de hace varios años, pinches ogetes, ya nos llevamos mejor. Recuerdo que era muy jóven cuando las noté por primera vez, creo que no fue un buen encuentro y terminamos mal, se pasaron de cabronas, no estaba listo para ese encuentro.
Hoy ya no soy el mismo que salía huyendo al verlas, ustedes tampoco son el monstruo bajo la cama, sin forma ni cara, por fin todos hemos crecido y madurado, nos hemos visto los rostros. Hoy entiendo que son parte de mi y que escucharlas es escucharme a mi, y entedenderlas es parte de conocerme a mí, además, ustedes han aprendido a tener forma y claridad, dejaron de subirse a mi cabeza y jalarme por todos lados. Recuerdo las formas que tenía para quitarmelas de encima, me devertía pero solo las embriagaba para que no estuvieran chingando. Hoy he podido verles el rostro y por supuesto que también he aprendido a ceder ante ustedes y otras a no dejarlas que se pasen de listas. Aunque a veces se confunden con berrinches, no siempre es bueno voltear a verlas, menos cuando es un pinche berrinche o un impulso generado desde afuera. Así como yo, ustedes también han aprendido a madurar y hoy nos aceptamos mutuamente y hoy buscamos un fin congruente: estar bien.
Es por eso que nos podemos sentar a tomar un café todos juntos, y no seamos hipócritas porque muchas veces estamos ahí a huevo y no llegamos a ningún acuerdo pero también nuestra paciencia es el mediador que nos hace seguir en discusion. Ya sé quien de ustedes es la más necia y también sé como acercarme y ponernos de acuerdo.
Ustedes, mis necesidades afectivas. Las que se han vuelto un poquito más exigentes, las que aprendieron junto conmigo a que el valor y el amor es desde dentro y además propio. Ya podemos relacionarnos con mas gente y no siento que se jalen hacia los demás como perros desbocados, ya no las veo temerosas de las opiniones de los demás y por supuesto ya no veo que estén a partir del enojo ni de la tristeza; ya hacemos lo que nosotros decidimos por cuenta propia, con alguien, sin alguien o a pesar de alguien. Hemos ido a conciertos y festivales de música a cantar y bailar como locos, hemos conocido lugares fantásticos y no necesitar de nadie para confirmar que sí es fantástico. ¿Cuánta comida no hemos probado? ¿Recuerdan los amaneceres en Acapulco y el día que nos perdimos en una carretera de la península de Yucatán sin gasolina, de noche y sin señal en el teléfono? Las últimas vacaciones en la playa sin que nadie nos conozca y los nuevos amigos que hicimos y justo, también hemos estado para apoyar a la gente que quiero, sin estorbarme me dejan ser fuerte para los demás, he rezado desde ustedes y también me he enojado con ustedes cuando flaquean y no son congruentes. Hay veces que no tienen un pinche gramo de elocuencia pero es porque se distraen viendo algo más. No he dejado de vivir a pesar de ustedes. Ahora entiendo que mi corazón no les pertence pero lo utilizan para hablarme.
La última vez que nos vimos de frente las noté diferentes, me dio gusto verlas más maduras; hemos crecido.
Las noto más ambiciosas pero sin perder su espíritu lúdico. También las noté ansiosas, creo que eso jamás se nos quitará. Creo haberlas visto un poco melancólicas y cariñosas al mismo tiempo, y por fin las escuché lo que tenían que decirme. Me gustó conocerlas firmes y reales. Por fin nos estamos entendiendo.
¿Entonces?, ¿Vamos?.
Saludos
Eduardo
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