lunes, 7 de noviembre de 2016

La gentrificiación de un recuerdo

A finales de los ochenta eramos una familia clasemediera, oriunda del DF, en ese entonces no existía el término "emprendedor" y mis papás ya se habían lanzado al vacío con la implementación de un restaurante. Ese pequeño restaurante estaba ubicado en Fray Servando T. de M., en la colonia Jardín Balbuena, empezó muy pequeño, casi como una fonda y poco a poco el negocio familiar empezó a despegar.
Iba tan bien el restaurante que cambiaron mobiliario, remodelaron la cocina y cada día había más gente, mi papá les ofrecía un poco de agua de sabor a las personas que esperaban mesa afuera del lugar. Yo solo tenía 5 añitos y no entendía todo el esfuerzo que requería la implementación de un restaurante, en realidad, ni siquiera tenía porque entenderlo. Recuerdo que alguna vez me quisieron iniciar como mesero, también recuerdo el desastré que ocurrió cuando no equilibré bien,  me sigue dando mucha risa el recuerdo de todo el piso lleno de comida.
Mis padres hacían todo lo posible por manternos ocupados a Rodrigo, mi hermano mayor, y a mí, obvio para que ellos pudieran concentrarse en el restaurante que cada día iba mejor y por lo tanto requería más esfuerzo y atención. Recuerdo que mi papá se había ocupado en enseñarme a leer la hora en el reloj, entonces, a los 5 años ya sabía que me recogían de la escuela a las 5 de la tarde y que otros compañeros se iban a sus casas a las 2. Era injusto, pasaba mucho tiempo lejos de mis papás y se los reclamamos. Rodrigo hizo lo propio y un día armamos un desmadre en el kinder, teníamos que ejercer presion y hasta la directora llamó a mis papás.
Un día, de pronto, ya no pasaba mi papá por nosotros a las 5 de la tarde y a las 2 pm ya íbamos de camino al restaurante de Balbuena. El nuevo reto era mantenernos ocupados y lejos de los problemas. Empezamos a tomar cursos después de la escuela: inglés, natación, karate y no recuerdo que tantas otras actividades inventadas por mis papás y un día de pronto éramos un par de niñitos muy independientes.
Balbuena  era otra de la que es hoy, los andadores no daban miedo ni estaban enclaustrados por malla ciclónicoa, no había tanta gente en las aceras, a veces eran calles desiertas el problema no era la inseguridad sino el exceso de confianza en todo. Un día mi hermano Rodrigo me enseñó a andar en bicicleta en un retorno de Fray Servando, un niño de 5 años que sabe andar en bici sin ayuda de las llantitas traseras suele llamar mucho la atención. Teníamos amigos que salían a jugar con nosotros. Nos inventabamos juegos, historias y aventuras. Construíamos casas bajo árboles con ramas y hojarasca, recolectabamos insectos y hacíamos carreras de relevos con bicicletas. Esos eran los finales de los ochenta en Balbuena. Sinceramente, nos metimos en problemas un par de veces pero creo que no vale la pena contar sobre eso, sobre todo porque eran travesuras de niños.
Las vacaciones de verano significaban pasar la mayoría del tiempo en cursos de verano en el Velodromo Olímpico, ahí mismo, en Balbuena. Mi papá nos llevaba en su bicicleta, yo sobre el cuadro, enseguida del manubrio y Rodrigo en los diablos de la llanta trasera, cada quien con su lonchera, éramos pioneros en el transporte no motorizado; eran tiempos ligeros, eran los tiempos de mis recuerdos más dulces  y a veces tengo envidia de mi mismo, del niño de hace más de 27 años.
A veces pasabamos horas dentro de las instalaciones del velodromo haciendo actividades recreativas, cánticos, juegos en equipo y manualidades, recuerdo que hasta un campamento hubo y pasamos la noche en casas de campaña. Rodrigo era un poco más popular, se le facilitaba más socializar. Una vez hicimos equipos y nos tocó ser rivales en competecia en la alberca y su equipo nos aplastó. De esa forma pasamos muchos veranos, quizá hasta los diez u once años. Fue fantástico.
Todos los días en los cursos de verano los almuerzos eran bajo los árboles, un picnic colectivo de infantes que intercambiabamos comida, yo jamás me comía la gelatina que mi máma nos enviaba y se la daba a Rodrigo, él me daba a cambio una mordida de su sandwich. Al final del día, mi papá pasaba por nosotros en el auto, nos llevaba un termo con agua de jamaica que mi mamá nos había preparado para la salida, pues salíamos sedientos de tantos juegos y tanto rayo del sol veraniego, que por cierto, el sol tampoco es el mismo.  De regreso al restaurante mi papá me dejaba maniobrar el auto, él siempre controlandolo desde los pedales pero yo dirigiendolo sentado en sus piernas y con mis pequeñas manos al volante, recuerdo perfecto tomar de manera magistral una curva de la calle Iglesias Calderon y Genaro García.  Hoy es visto mas que solo una imprudencia y seguro es castigado por el reglamento de tránsito.
Pasó el tiempo y un día mis papás nos dieron una noticia: mi mamá estaba embarazada. Rodrigo y yo estabamos emocionados sin saber que esa situación cambiaría radicalmente la estructura familiar.
Un día, ya no hubo restaurante, mi papá decidió regresar a trabajar de forma convencional a una oficina y mi mamá se quedaría en casa, por lo menos unos años. Tiempo después mi papá en confesión me dijo que fue una decisión dificil pero acertada, mi hermano menor, Daniel, en camino y nosotros (Rodrigo y yo) necesitabamos más atención, "si ustedes dos hubieran estado un poco más grandes" fue con lo que cerró esa confesión.
Seguiamos asistiendo cada verano a los cursos en el Velodromo Olimpico, hacíamos amigos efímeros y ninguno se quedó en mi memoria. El último verano que pasé ahí recuerdo que la clausura del curso fue con un desfile de carros alegóricos. De verdad, fuimos los mejores. Jamás dejamos de ir al velodromo, años más tarde, mi papá y yo llevabamos a "Butch" el perro de la familia a correr a los campos de beisbol del Velodromo, subíamos y bajabamas las gradas de las canchas, el perro era muy feliz como nosotros. Mi papá me enseñó a disfrutar las tardes soleadas debajo de los árboles, tengo un recuerdo muy personal de nostros, los 3 caminando sobre el pasto.  Todavía de vez en cuando camino desde el velodromo olimpico y atravieso varios retornos y andadores para llegar a lo que hace unos años era la panadería "La Concha", hoy es una "Esperanza".  Camino y recuerdo, veo algunos andadores encogidos, yo los recuerdo enormes.

Hoy esas gradas del diminuto estadio de beisbol del Velodromo se están transformando en el nuevo estadio de los Diablos Rojos del México. La Ciudad Deportiva está dejando de ser espacio público recreativo y deportivo para convertirse en espacio privado.
¿Les recuerdo lo que sucedio en lo que ahora ocupa el Foro Sol? El ejercicio transformador de un modelo de ciudad. Quitando el legitimo espacio público y consecionandolo a privados. No dudo que los beneficios sean reales, no lo sé. Quizá con los recursos de la conseción se han  mejorado los espacios que han podido quedar, o quizá han terminado en campañas electorales, no lo sé. Lo que sí sé es que el modelo de ciudad está avanzando cada día más y hoy le tocó a una parte de mi niñez sufrir el efecto transformador; la gentrificación avanzó hasta el lugar donde crecí. El Estadio Azul tendrá nueva sede y será sobre la superficie que hoy ocupa el velodromo olimpico.  No estoy en contra de la transformación de la ciudad, al final, hoy el Velodromo es una barrera física junto con el viaducto, rompen el tejido y genera infinidad de "no lugares". Aún así, el estadio azul no modificará eso, simplemente será una barrera más grande pero ajena a mi, a mis tardes de verano en bicicleta, a mis recuerdos de los cursos de natación y volibol dentro del Velodromo. No fue suficiente la invasión de oxxo, la panadería La Concha sucumbió a una "Esperanza", Lecaroz y Starbuks han sustituido una tintoreria, quizá el restaurante de mis papás estaría pasando por lo mismo y estaría siendo desplazado por un Taco Inn.








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