Sentados en el auditorio de un taller, con café en mano porque además de ser la clase de las siete de la mañana no sabía distinguir entre un buen café o uno medianamente decente. Ahí, en esa clase revisamos a Charles Édouard Jeanneret-Gris, más conocido, a partir de la década de 1920, como Le Corbusier, creamos a un ídolo según nuestros esquemas mentales, leímos sobre su vida, su obra y la evolucíón a través de los años sobre su planteamiento teorico y la materialización de ideales; amamos con locura al modulor aunque no sabíamos para qué sirvió.
Cuando estuve en Argentina visité La Plata, en específico la casa Curutchet, la única obra de Le Corbusier en América. Saqué muchas fotos pero no me interesaba resolver la incognita entre el espacio, "el modulor" y su proporción, mas bien y como siempre, disfruté muchísimo que en cualquier punto de esta casa se podía tener una visual, una fuga al exterior, al sol, a los árboles, era como toda la casa fuera una ventana. Y así, pasaron años y muchas cosas más....
Octubre, París, Francia. Desperté casi a medio día, quizá no en mis mejores condiciones, el día anterior recorrimos caminando desde Trocadero hasta Notre Dame, ahí nos encontramos con un amigo parisino que había conocido en Buenos Aires y que además había sido mi compañero de departamento durante varios meses en ese intercambio estudiantil. Dijo que nos llevaría a un lugar bueno para tomar algo y platicar agusto pero cuando llegamos después de unas cuadras vimos que estaba lleno, todos los lugares desbordaban gente, le pedí con una cara muy seria que me llevara a un lugar donde van los parisínos para tomar cerveza barata y vino con queso y pan por unos cuantos euros, donde escuchan música a buen volumen y pueden platicar agusto, no por falta de euros sino porque moría por conocer el arrabal parísino. Por fin llegamos a uno bastante modesto, barato, buena música y algunos hipsters. Comimos un platón de quesos con vino, después pedimos cervezas (sé lo que están pensando, y sí, fue innecesario).
Este parisino no tan carismatico pero muy amable nos invitó a una fiesta de arquitectos. Decidimos ir en bicicleta. Recorrimos la mitad de París en bicicleta, un poco borrachos, un poco con frío pero muy excitado y emocionado. Rodeamos glorietas pidiendo el paso a los autos con la mano sin bajar la velocidad, nos detuvimos solo para atravesar Campos Elíseos. El recorrido fue magnifico, jamás había disfrutado tanto el humo de los autos. Llegamos a un despacho enorme de arquitectos, una fiesta que estaba en decadencia. La verdad es que había mala música pero el ambiente era increíble. Mucho vino y pocos cigarros. Así terminó la noche, en una borrachera entre arquitectos parísinos.
Todo esto recordé esa mañana. Dolor de cabeza, sed y un agotamiento como jamás lo había sentido, aún así me levanté, me alisté y salí rumbo a Poissy, a una hora de París. Gaël, otro amigo parísino, también arquitecto decidió ir conmigo. Recordé lo hermoso que es hablar con arquitectos que entienden lo que sientes cuadno hablas del entorno, de la belleza del lugar, lo horrible de las bellezas escenográficas, el amor por los no lugares y las trancisiones espaciales con una simple luz o cambio de material. Llegamos a Poisy, tomamos el autobús 4 y así, de pronto estaba por entrar a la Villa Savoye. En ese momento sentí mi profunda respiración, recordé mis clases, el auditorio del taller, los dibujos sobre albanene a mano alzada de la planta y una perspectiva de Savoye, recuerdé lo fascinante de leer sobre Le Corbusier, recordé que anhelaba muchísimo estar ahí y lo delicioso que sentía el aire frío y el sol radiante.
La escalera es una esculutura dinámica, el mobiliario hermoso, el sillón Le Corbusier, todo fantástico.
Recorrí todo lo que pude de la casa, tocando con la yema de los dedos el aplanado del pasillo, y el mosaico del baño, forzando sin querer el sistema que abre la gran puerta de cristal de la terraza, recostandome en el sillón de piel, mirando por la ventana el hermoso paisaje, el otoño literal entraba por la ventana.
Al final, me pegó el cansancio y la cruda, salí al pasto a sentarme y disfrutar del aire fresco y seguir contemplano la villa. Al final, ha sido un gusto conocerla y espero regresar pronto aunque creo que el encanto de conocerla por primera vez será único.
Hice unos croquis sentado en el pasto y esos me los quedo solo para mí.
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