domingo, 18 de octubre de 2015

Pasos adelante

Tenía varios años que no lo veía, siempre gustoso por saber de él, le enviaba mails despidiendome con “saludos cordiales”, ¡Pinches saludos cordiales!, en realidad entre líneas lo que quería decirle es que no podía olvidarlo.
En cuanto nos vimos ambos pudimos notar la emoción de cada uno al saludarnos, con un fuerte y profundo abrazo, recargando mi naríz y boca sobre su hombro, ambos sonriendo y muy alegres nos encontramos de nuevo.
Había estado en un de viaje de trabajo en Centroamérica y por supuesto tenía que pasar a la Ciudad de México para saludarnos.  
Todo es un recuerdo confundido en espacio y tiempo, la forma en que jugaba apuntándome con el dedo al corazón y disparando diciendo: ¡PUM!, realmente me disparaba al centro del corazón; y lo hizo suyo en tan pocas semanas. Recuerdo ese domingo que pasamos viendo televisión sobre el sillón como si fuera una balsa con nosotros náufragos en medio del mar, sin bajar los pies y uno encima del otro.
Así fue como nos enamoramos, en el café donde nos juntábamos como punto medio entre nuestros departamentos, todavía recuerdo el olor de café con cigarro al besarlo cuando llegaba, me parecía el sabor mas delicioso, ese bar de tragos baratos donde escuchábamos música antigua en una rocola vieja, así, estando juntos. Llegando y volviendo a pie por esa ciudad, de la mano por las banquetas, deteniéndonos solo en la luz roja del semáforo o para besarnos, caminábamos juntos y es por eso que volver a vernos es escontrarnos.
Nos vimos en frente del Palacio de Bellas Artes y después de saludarnos nos quedamos en silencio, pareció por un instante que empezábamos desde cero. Él, atrevidamente coloco su mano sobre mi hombro y me dijo: "yo te sigo". Mi mente se saturo de recuerdos de su mano en mi hombro:  bailando canciones de Daft Punk y Rolling Stones; en la cama mientras nos fundíamos en besos y nos desvestíamos mutuamente, el día que se puso borracho y casi se cae al bajar del taxi, me costo trabajo regresar de esos recuerdos. 
-¿todo bien?- preguntó.
-¡Sí, claro!- le respondí con un par de palmadas en la espalda. 
Nos metimos al primer cuadro en la calle de Motolinea para llevarlo a las tortas de adobo y pavo que tanto le presumía en correos, ahí rompimos el hielo con una ligera plática que actualizó nuestras vidas del trabajo, salimos mucho mas relajados. Después caminamos buscando algo que tomar y entramos a una cantina de la calle de Cuba, pedimos un mezcal y unas cervezas en la barra mientras recordábamos noches como esa pero en otra parte del mundo y parecía que en el mismo bar. Regresaron las miradas y las carcajadas junto con su escurrida forma de sentarse en el banco, todo. 

Salimos de ese lugar un poco después de las 9 de la noche y nos dirigimos hacia el monumento a la Revolución, ya hacía frío pero los dos estábamos ausentes de lo que no fuera uno del otro, caminamos unas cuadras sobre esas horribles banquetas y queriendo que fueran infinitas  llegamos a otro bar y fue ahí donde empezamos a anestesiar los limites y el miedo. Era una noche fresca y un poco húmeda, bebimos un par de cervezas mas y salimos a fumar un cigarro, mientras yo miraba la fachada del edificio de enfrente él me dijo sonriendo: -Has cambiado muy poco-. Preferí no decir nada y seguí fumando lo último de ese cigarro.
Salimos de ese bar y caminamos hacia Reforma, íbamos riendo y platicando, en los semáforos en rojo nos mirábamos a los ojos y sonreíamos uno para el otro, su cara iluminada con la luz roja, su sonrisa encantadora, sus ojos grandes y dilatados, de pronto quería decir algo pero me arrepentía, él trato de animarme para decirlo, yo simplemente me negaba con la cabeza. Hubo un instante donde éramos solo los dos y nuestros pasos hacían eco, la noche nos daba el efecto de tímidos amorosos pero solo eso. Cada paso nos acercábamos profundamente, no había forma perfecta de estar y eso me cagaba. La situación exacta para una pareja que no se atreve a soltarse el uno sel el otro pero no se tienen, caminar para aligerar tensión y no detenernos para no poder quedar uno con el otro de frente, el ambiente cambiante y el espacio que se modifica;de los que van a pie, el tiempo si pasa, la temperatura es más baja y se siente mas el viento correr. Caminar nos daba mas paciencia, nos dejaba postergar, nos cansaba para no pensar, quizá caminando se siente menos. Al menos para mí.
Llegamos al cruce con Insurgentes, poco decorosa la escena  pero no importaba, nos detuvimos un segundo, ambos estábamos cansados de caminar sin rumbo. Todavía recuerdo como me miraba, con encanto, con cariño, con todo lo que él era. Yo lo miraba con tanto asombro de tenerlo ahí, frente a mí. 
La luz roja terminó y teníamos que seguir, ¡siempre hay que seguir, puta madre!. Le dije que había una fiesta a la cual estaría bueno llegar para dejar de estar en la calle.
-¿Otra vez?- Me preguntó
-¿qué? Le respondí un poco aterrado 
-Nos vamos, no quiero seguir caminado- si hubiera sido metáfora me hubiera matado.
Lo convencí y le prometí que sería el último trayecto de la noche. Seguimos caminando aunque en taxi. 
Llegamos a la fiesta con grandes amigos de toda la vida y un gran ambiente, la música a un volumen perfecto para poder platicar. Al final, a nuestra edad ya no bailamos como antes.
Bebimos mas cerveza y otro mezcal mientras seguíamos recordando. Éramos él yo, la música y una luces tenues lo único que recuerdo. 
Detrás de una carcajada siguió una sonrisa, se acercó a mí, puso una mano sobre mi hombro como en los mejores tiempos, mi corazón iba a estallar, y estoy seguro que sus labios tocaron los míos por un instante, sucedió el instante al que tenemos derecho una vez en la vida, donde se detiene el universo por ese segundo. Me hice para atrás, quería estallar, mi boca estaba seca y mi espalda tensa. Necesitaba salir de ahí, volver a caminar, necesitaba dejar de escucharme. 
-¿qué pasa?- me preguntó confundido
-creo que mejor no- le respondí seco
-creí que sentíamos lo mismo, quizá estoy confundido- me reprochó pero jamas me soltó del hombro.
-no hay cosa que tenga mas ganas de hacer que besarte y fundirme contigo, dejar de ser un recuerdo y convertirnos en hoy; pero te vas, el que se queda soy yo- respondí 
Me miro con una cara rígida y sus ojos con los míos me dijo:
-¡Vámonos!-
Parecía que sólo éramos él y yo en todo ese departamento. No había tiempo ni lugar. Solo nosotros dos
-¿a qué me voy contigo?, no tengo nada allá- le respondío
Y me atravesó con sus palabras:
-no sé a qué le tienes miedo y por qué dudas. Me daría más miedo perderme en los recuerdos, como lo estas haciendo, que regresar al mundo a crear nuevos, conmigo o sin mi. Mírate, aquí tampoco tienes nada, ¿qué podrías peder?. Efectivamente, allá no hay nada seguro, solamente tenemos las ganas de hacer algo juntos, es una apuesta que tienes todo por ganar y no mucho que peder.- 
-¡vámonos, hay que salir!- le dije.
-¡no!, no volveremos a caminar. Escucha, caminar no significa avanzar si vas en la dirección incorrecta.- me retumbaron sus palabras, quebró lo que por años había sido mi salvavidas, terminó por hundirme y al mismo tiempo me enseño que yo podía nadar. 
Hubo un silencio entre los dos, lo tomé de la mano, le di el beso de reconstrucción, de nosotros y le dije: 
-vámonos-
No dejaré de caminar pero si buscaré la dirección  correcta.

No hay comentarios:

Publicar un comentario